miércoles, 15 de febrero de 2017

Universidades de Garage y Humanidades Digitales


En 2008, Mauricio Pombo publicó una columna titulada “Pais Garaje”. En este texto, Pombo destaca el carácter peyorativo que ha adquirido esa palabra de origen francés, en el lenguaje colombiano. En el caso de la educación, menciona” “cuando hablamos de universidades de garaje estamos señalando implícitamente que se trate de educaciones de educación superior cuyo nivel es bajo”. Pombo amplia el uso del concepto a lo que llama la garajización de la economía producto de la pauperización de la clase media. “Día tras día se abren nuevos micro negocios en lugar que antes daban techo al Renault 4”. Este uso de la idea del garage contrasta con el uso que he encontrado en mis investigaciones sobre cultura digital. Si nos trasladamos al ámbito de las historias de la innovación, el garage ha sido considerado como un espacio disruptor. Desde la mitología de la invención de la computadora personal en los garages de Silicon Valley, hasta la mas recientes hacker o makerspaces, los garages representan experimentación y creatividad.

Sin embargo, en esta búsqueda de las representaciones del garage, particularmente en Bogota, ese lado técnico no esta ausente. En otra columna de El Tiempo en octubre 8 de 2001, el exministro delegatario Jorge Mario Eastman escribía que en Colombia existen dos clases de Universidades: Las de Verdad y las de Garage. Citando al director del ICFES bajo los gobiernos de Alfonso Lopez y Julio C. Turbay, Eastman evidenciaba el abismo que separa a la una de la otra: su vision de mundo. Mientras que las Universidades de Verdad “habilitan al alumno, fuera de su especialización, para integrarse a la sociedad con una mentalidad globalizada y humanística”, las universidades de Garage “se reducen a fabricar tecnólogos sin más horizonte que su inmediatismo profesional”. Evidentemente, este carácter peyorativo no solo circula en el sentido común, sino que se ancla en un lugar particular otorgado a la formación humanística, que muchas universidades, especialmente las privadas y católicas, abanderan en Colombia.

Y es este sentido del “humanismo”, al servicio de una distinción entre trabajo intelectual y trabajo manual, el que representa un desafío para cualquier iniciativa de “humanidades digitales” en países como Colombia. Si existen trabajos académicos que se han encargado de pensar de que se trata lo digital en Colombia, bien vendría que la implementación de cualquier programa de Humanidades Digitales (como la maestria lanzada por una de la Universidades de Verdad) sirviera como una espacio para cuestionar lo que históricamente hemos construído como humanidades, revisando los legados coloniales en los que esa idea se cimienta. Como ha sucedido en el caso de los estudios culturales, donde gran parte del trabajo académico ha sido precisamente localizar la idea de cultura, el trabajo de las humanidades digitales no se trata solo de renderizar el pasado con bases de datos y visualizaciones. Se trata de ver, como las humanidades han operando en la distinción entre quienes han tenido el privilegio de “humanizarse” y quienes han trabajado con la tecnología, con un horizonte no de inmediatismo sino de supervivencia.

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